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  • Antes de empezar, debo recordar


    El cuaderno de Laura — 2026

    No sé exactamente cuándo empezó esta necesidad de escribir. Quizás no es una necesidad, sino un retorno. Como si la memoria, después de tantos años guardada en silencio, hubiera decidido abrir una ventana y dejar entrar el aire del lago de Bolsena, ese aire tibio que me acompañó desde que tenía menos de dos años.

    Mis padres llegaron a Italia en 1968, con una maleta pequeña y un dolor que no sabían nombrar. Yo no recuerdo Alemania, pero Alemania me recuerda a mí. Crecí entre el olor a pan recién horneado, las piedras romanas que guardan siglos de pasos, y el silencio de dos sobrevivientes que intentaban enseñarme a vivir sin contarme por qué temblaban algunas noches.

    Este cuaderno nace de eso:

    de lo que no se dijo,
    de lo que se transmitió sin palabras,
    de lo que aprendí mirando ramas muertas en la orilla del lago.

    A veces pienso que mi infancia fue un idioma que entendí antes de saber hablar. Bolsena me enseñó a mirar las grietas, a escuchar lo que no hace ruido, a reconocer la belleza en lo torcido. Marcello —mi amigo de entonces, mi espejo de siempre— fue el primero en verlo. Él me regaló una piedra con forma de corazón torcido cuando teníamos nueve años. Yo la guardé sin saber que estaba guardando mi propia forma.

    Hoy, a los sesenta, vuelvo a ese gesto.
    A esa piedra.
    A esa niña que dibujaba ramas porque no gritaban cuando caían.

    Este cuaderno no es un diario.
    No es una tesis.
    No es un libro.

    Es un lugar para recordar sin orden.
    Para dejar que la memoria respire.
    Para hablar, por fin, de lo que heredé sin haberlo vivido.

    Si alguien llega hasta aquí, que entre con cuidado.
    Las puertas de este cuaderno, como las de ciertas casas en Bolsena, nunca se cierran del todo.


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